viernes, 11 de noviembre de 2011

Copa Sudámericana: Vélez fue un grito en el final y se metió en semis.

En Liniers, ganaba 2-0 con un doblete de Franco. Pero Independiente Santa Fe alcanzó la igualdad en el segundo tiempo. En el último minuto, Martínez acertó de penal y selló el 3-2 que le dio la clasificación al equipo de Gareca. Libertad o Liga será el próximo rival.


  Tenía que ser el Burrito Martínez el hombre de la clasificación. El protagonista rumbo a las semifinales. Tomó el balón cuando casi no quedaba tiempo, apuntó, disparó y, así, con lo justo, con la última gota de sudor, logró que Vélez siga adelante en su camino.   Con un penal polémico, es cierto. Para algunos, fue claro. Para otros, quedaron serias dudas. Pero el equipo de Liniers, más allá de la discusión final, no detiene su andar, en una noche copera, en una noche bien fuerte. Con emociones que dejan su huella.
  Vélez ganaba muy bien. Ganaba 2 a 0 con un fútbol de primera, con algunas de aquellas banderas que lo convirtieron en el equipo más poderoso de nuestro medio. Pudo haber marcado, en el primer período, algún tanto más. Pero no sólo no lo hizo. Peor aún: en la segunda mitad, se retrasó demasiado y dejó venir a Independiente Santa Fe, el adversario colombiano, con el respaldo del hábil Copete. Empató y no sólo eso: pudo haber sellado la serie con algún contraataque. Sin embargo, Vélez lo logró. En un final controvertido, es cierto. Pero tuvo su premio por no bajar los brazos jamás.
  Esa primera parte fue una exquisitez. Se pareció, por momentos, al viejo Vélez, al equipo del Pelado Silva, Maxi Moralez y Ricky Álvarez. Tuvo instantes de inspiración, como en los buenos viejos tiempos. Conducido por el Mago Ramírez, con algunos chispazos de Canteros y, sobre todo, con la magia del Burrito Martínez. Vélez tomó una ventaja de dos goles, pero bien pudieron ser cuatro. Fue un monólogo, en el que había que esperar la catarata de celebraciones.
  Los dos goles fueron anotados por Guillermo Franco. El primero, de cabeza, luego de recibir el impacto de Ramírez en el travesaño. El segundo, una definición sutil, luego de una genial maniobra de Martínez, al que evidentemente el fútbol doméstico le queda chico. Tomó el balón, se puso de espalda y lanzó un taco, asistencia genial hacia el delantero. Vélez ganaba 2 a 0 y aspiraba a más goles.
  No se sabe (aún no se entiende), qué le pasó al equipo de Liniers en el comienzo de la segunda etapa. Fue como un shock, una situación difícil de comprender. Surgió Copete, un colombiano muy hábil, con todo su poderío. Primero, aprovechó un descuido en la última línea y definió con un zurdazo bajo. Más tarde, se escapó por la derecha, beneficiado por la tardía reacción de Cubero y Ortiz y encaró a Barovero. El arquero, en velocidad, cometió penal, inexplicable en tiempo y forma. El Pelado Pérez, que vivió unas últimas horas especiales por el fallecimiento de su abuelo en un accidente de tránsito, selló el 2 a 2, entre lágrimas.
  Lo que siguió fue un monólogo desesperado de Vélez, que buscó desde todas las vías, pero no tuvo ni uno de los argumentos que expuso, apenas, unos minutos antes. Hasta que apareció Augusto Fernández. Tomó el balón, fue tocado por Galván Rey, se cayó en el área y el árbitro Enrique Osses resolvió como penal. Era el final, se acababa la serie. Agarró la pelota el Burrito Martínez y lo definió. Fue 3 a 2, fue la clasificación. En una noche de emociones fuertes.

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